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Una de cada cuatro mujeres españolas de entre 30 y 39 años que no ha tenido hijos achaca su situación a la falta de recursos, a un empleo inestable o a la imposibilidad de conciliar, superando claramente a quienes renuncian a la maternidad por convicción propia. Así se desprende de la Encuesta de Fecundidad 2025, publicada este martes por el Instituto Nacional de Estadística (INE), que recupera este sondeo tras siete años de silencio estadístico.
El 25,6% de las encuestadas en esa franja de edad señala razones económicas (13,7%) y laborales o de conciliación (11,9%) como causa principal, frente a un 16,3% que admite simplemente no querer descendencia.
El peso de las circunstancias es mayor en la primera mitad de la treintena, donde alcanza el 27,6%, y se modera ligeramente en la segunda, situándose en el 22,9%. No tener empleo, percibir un salario insuficiente o carecer de horario compatible con la crianza es también el freno principal para una de cada cinco mujeres de 25 a 29 años. En el cómputo global de 18 a 55 años, el 15,2% de las que no son madres apunta a estas barreras estructurales, según indican los microdatos.
Una radiografía histórica de los deseos frustradosLa encuesta, que retoma la serie iniciada en 1977 y continuada en 1985, 1999 y 2018, revela que el fenómeno no se limita a las que aún no son madres. Entre las mujeres que tienen menos hijos de los que deseaban, los apuros económicos y la conciliación vuelven a ser determinantes, especialmente a partir de los 35 años. Por su parte, el perfil de la no maternidad elegida crece: un 15% de las que no tienen hijos lo decide por voluntad propia, casi tres puntos más que en la edición anterior.
El salto es llamativo entre los 35 y 39 años, donde el rechazo pasa del 13,3% al 19,7%, aunque el porcentaje más alto se registra en el tramo de 50 a 55 años, con un 28,3%.
El 69% de las mujeres aspira a tener al menos dos hijos, una cifra que cae respecto al 73,6% de 2018, y más de un tercio de las madres reconoce haberse quedado corta. Los hombres comparten esa meta mayoritaria de dos vástagos, aunque son menos ambiciosos a la hora de buscar el tercero. En ambos sexos, la brecha entre deseo y realidad se explica por los mismos factores: dinero y tiempo.
Para paliarlo, la ciudadanía sigue reclamando, ocho años después, ampliar los permisos parentales (22,7%), seguida de asignaciones por hijo a cargo (13,4%) y más escuelas infantiles asequibles de 0 a 3 años (11,3%). No obstante, gana fuerza el escepticismo: casi un 20% cree que no se debe incentivar la natalidad, cuatro puntos más que en la ola anterior.

En paralelo, el recurso a la ciencia crece sin pausa. Un 6% de las mujeres de 18 a 55 años ha recurrido a tratamientos de fertilidad, un 12% más que en 2018, con picos del 9,6% entre los 40 y 44 años. Entre los hombres, la cifra se sitúa en el 4,7%. Tal como señalan los expertos, estos datos dibujan un país donde la decisión de tener hijos depende menos del deseo que de la capacidad de sostenerlos, mientras la biología apremia y la política intenta ponerse al día.
Este escenario también pone sobre la mesa la necesidad de revisar cómo se acompaña a quienes atraviesan el proceso de formar una familia. Los cambios sociales de las últimas décadas han transformado los tiempos y las prioridades personales, pero las ayudas disponibles no siempre avanzan al mismo ritmo. El resultado es una realidad cada vez más compleja, en la que las decisiones familiares quedan condicionadas por múltiples factores que van mucho más allá de una elección individual.
La evolución de estas cifras plantea además nuevos retos para los próximos años.
El acceso a la reproducción asistida, la información sobre las distintas alternativas y el acompañamiento durante los tratamientos adquieren una importancia creciente. A medida que estas opciones dejan de ser excepcionales y pasan a formar parte de la realidad de más familias, también aumenta el debate sobre cómo garantizar que puedan acceder a ellas quienes las necesiten.
Todo ello ocurre en un contexto en el que las transformaciones demográficas ya están modificando la estructura de la sociedad. La edad a la que se inicia la maternidad y la paternidad, el número de hijos y las dificultades para compaginar vida laboral y familiar son factores que terminarán teniendo consecuencias a largo plazo. Por eso, el debate sobre la natalidad no se limita a cuántos niños nacen cada año, sino también a las condiciones que permiten a las personas desarrollar sus proyectos familiares.
Escrito por Veronica Gómez
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