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El Nobel de Medicina 2026 premia un avance revolucionario que podría devolver la vista a millones Veronica Gómez
Antes de una intervención quirúrgica, hay una pregunta y un gesto que se repiten durante la consulta con el anestesista: abrir la boca, sacar la lengua y permitir que el especialista observe el interior de la garganta. Aunque puede parecer una comprobación rutinaria, se trata de una evaluación fundamental para reducir riesgos durante la anestesia.
Esta exploración permite anticipar posibles dificultades para controlar la respiración del paciente mientras permanece dormido. En particular, ayuda a valorar si será complicado introducir un tubo en la tráquea para mantener la vía aérea abierta y garantizar que los pulmones reciban el oxígeno necesario.
Durante muchas operaciones que requieren anestesia general, el paciente pierde temporalmente la capacidad de mantener sus reflejos protectores y controlar la respiración de forma normal. Por ese motivo, el equipo médico debe asegurarse de que podrá mantener una ventilación adecuada.
Una de las técnicas utilizadas consiste en introducir un tubo a través de la boca hasta la tráquea. Este procedimiento se conoce como intubación endotraqueal y permite administrar oxígeno y controlar la respiración durante la intervención.
El anestesista necesita comprobar previamente si la anatomía de la boca y la garganta permitirá realizar esta maniobra con facilidad o si podría presentar alguna dificultad.
Esta exploración recibe el nombre de prueba o escala de Mallampati, en referencia al médico que desarrolló este sistema de evaluación.
El anestesista observa cuánto espacio queda visible en la parte posterior de la boca y qué estructuras pueden distinguirse, como el paladar blando, la úvula —conocida popularmente como campanilla— y los pilares de las amígdalas.
La clasificación tradicional contempla cuatro grados:
Grado I: se observan claramente el paladar blando, la campanilla y los pilares de las amígdalas.
Grado II: se ve el paladar blando y buena parte de la campanilla.
Grado III: solamente se aprecia el paladar blando y la base de la campanilla.
Grado IV: prácticamente solo se observa el paladar duro.
Cuanto mayor es el grado, más posibilidades puede haber de encontrar dificultades durante la intubación. Sin embargo, esto no significa que la operación vaya a ser peligrosa ni que necesariamente vaya a existir un problema.
La evaluación de las vías respiratorias incluye otras comprobaciones importantes. El especialista también puede medir cuánto abre el paciente la boca, observar la movilidad del cuello, comprobar la posición de la mandíbula y revisar el estado de los dientes.
Además, pregunta por antecedentes de anestesias anteriores, problemas respiratorios, ronquidos y posibles episodios de apnea del sueño.
Todos estos datos permiten preparar la estrategia más adecuada para cada persona y disponer del material necesario si se prevé una intubación complicada.
Aunque la prueba dura apenas unos segundos, su importancia es considerable. Detectar con antelación una posible dificultad permite al equipo de anestesia planificar alternativas y recurrir a dispositivos especiales, como videolaringoscopios o fibroscopios, cuando sea necesario.
La tecnología ha mejorado notablemente la seguridad de los procedimientos anestésicos, pero la exploración física sigue siendo una herramienta fundamental.
Por eso, cuando el anestesista pide abrir la boca y sacar la lengua antes de una operación, no se trata de una simple formalidad: está comprobando que podrá mantener una respiración segura durante toda la intervención.
Escrito por Veronica Gómez
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