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La ofensiva insurgente en Malí empuja al país al colapso y desata el miedo: “Lo que predomina es el pánico”

today30 de abril de 2026 28

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La ofensiva insurgente en Malí empuja al país al colapso y desata el miedo: “Lo que predomina es el pánico”

La caída de Kidal y el asesinato del ministro de Defensa, Sadio Camara, debilitan gravemente a la junta militar.
Una inédita alianza entre rebeldes tuareg y yihadistas vinculados a Al Qaeda coordina ataques que cercan Bamako.

Malí

“Nada está claro. No sé qué va a pasar. Lo que predomina es el pánico”, relata Fatoumata Harber, bloguera y activista maliense, desde Bamako. Durante años ha documentado la crisis en Tombuctú, pero ahora es la capital —hasta hace poco considerada un bastión seguro bajo el control de la junta— la que deja de ofrecer garantías.

El pasado fin de semana, el temor volvió a apoderarse de millones de malienses atrapados en una crisis geopolítica sin salida. “Mi hija lloraba anoche; quería que nos fuéramos de Malí. Pero incluso si nos vamos, ¿a dónde iríamos?”, explica Harber, reflejando la incertidumbre generalizada. La reciente ofensiva ha sacudido los cimientos del régimen militar en el poder desde 2021.

La pérdida de posiciones estratégicas, el asesinato del ministro de Defensa y una coordinación insurgente sin precedentes —entre el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM), afiliado a Al Qaeda, y el Frente de Liberación del Azawad (FLA)— han dado lugar a ataques simultáneos que dibujan un escenario cercano a la “implosión estatal”. Aun así, el líder de la junta, Assimi Goïta, ha afirmado que “la situación está bajo control” y ha llamado a evitar la “división”.

Desde el norte hasta el centro político del país, la ofensiva se ha extendido por Kidal, Gao, Mopti y Sévaré. Sin embargo, los ataques en Kati —a escasos kilómetros de Bamako— y el asalto al aeropuerto han quebrado la sensación de seguridad. El cierre temporal de esta infraestructura y los combates en el Ministerio de Defensa evidencian un golpe directo a la estabilidad del Estado.

“Se trata de una operación de gran escala, tanto por su magnitud como por la coordinación de los ataques”, señala el analista Jesús Pérez Triana. A su juicio, es el mayor nivel de sincronización desde la rebelión de 2012, demostrando la capacidad de la insurgencia para actuar en múltiples frentes a la vez, dejando al Estado “seriamente debilitado”.

Kidal, símbolo perdido de la soberanía

Para comprender la gravedad de la situación, hay que mirar hacia Kidal, epicentro del nacionalismo tuareg a más de 1.500 kilómetros de Bamako. Su caída supone un duro golpe simbólico para la junta militar. En 2023, su control fue presentado como prueba de la recuperación territorial sin apoyo francés. Hoy, ese relato se desmorona.

El FLA ha retomado el control tras la retirada de fuerzas rusas, evidenciando los límites de la alianza con Moscú. Según expertos, unos 200 efectivos del denominado Cuerpo Africano abandonaron la ciudad tras un acuerdo con los rebeldes. “No están para sostener una guerra total, sino para proteger al régimen”, apunta Pérez Triana.

Este repliegue, captado en vídeos difundidos en redes, representa una “humillación” para el Ejército maliense y deja al descubierto la fragilidad del apoyo externo. La pérdida de Kidal no solo implica un revés militar, sino también la caída del discurso soberanista de la junta.

Una alianza insurgente sin precedentes

Uno de los factores más preocupantes es la cooperación entre actores históricamente enfrentados. Por primera vez en años, los rebeldes tuareg del FLA y los yihadistas del JNIM actúan de forma coordinada.

“Han encontrado un enemigo común: el gobierno militar y la presencia rusa”, explica Beatriz de León Cobo, directora del Foro de Diálogo Sahel Europa. Esta “alianza táctica” permite una ofensiva más eficaz y amplia, combinando capacidades militares y control territorial.

Mientras el FLA opera en el norte, el JNIM intensifica su presión en el centro y el sur, incluso mediante el control de rutas clave de suministro. El objetivo: asfixiar Bamako tanto militar como económicamente.

El asesinato de Camara agrava la crisis

El atentado que acabó con la vida del ministro de Defensa, Sadio Camara, mediante un coche bomba en Kati, supone un golpe crítico para la junta. Camara era una figura clave en la relación con Rusia y en la cohesión interna del régimen.

“Su muerte deja un vacío de liderazgo total”, advierte de León Cobo. Sin él, la estructura de seguridad queda debilitada y la cadena de mando, comprometida.

El silencio del presidente Goïta ha alimentado rumores de desestabilización interna. “Podría haber un golpe de Estado, si no ha ocurrido ya”, apunta Harber desde Bamako.

Riesgo regional y expansión del yihadismo

Expertos advierten que la estrategia insurgente evoluciona hacia un modelo de control territorial, similar al observado en otros conflictos. En las zonas bajo su dominio, los grupos yihadistas implementan estructuras de gobierno paralelas, con tribunales y sistemas de recaudación.

“Buscan consolidarse como una alternativa de poder real”, explica Pérez Triana, quien subraya que no existe una solución exclusivamente militar.

El impacto de la crisis podría extenderse más allá de Malí. Según los analistas, una implosión del país desencadenaría un efecto dominó en Burkina Faso y Níger, aumentando el riesgo de consolidación de un enclave yihadista en el Sahel.

Desde Bamako, la activista Fatoumata Harber insiste en la necesidad de una salida política: “La única opción es una reconciliación real. Sin diálogo, Malí se enfrenta a su desaparición como Estado”.

Escrito por Veronica Gómez

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