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Madonna revela el tracklist completo de ‘Confessions II’: estas son todas las canciones del disco. Veronica Gómez
“No escuché ningún llanto porque aún no tenían voz”, recuerda Susana, madre de dos niños prematuros.
Según la Organización Mundial de la Salud, uno de cada diez partos se adelanta.

CANDELA RUIZ UBAGO (RNE)
Samuel y Lucas llegaron al mundo en la semana 27 de embarazo, sin haber completado los siete meses de gestación. Su madre, Susana, revive ese instante con una mezcla de temor y esperanza. “No oí ningún llanto porque los bebés todavía no tenían voz. Pregunté si estaban vivos y nadie me respondía… Los estaban reanimando”, relató en RNE.
Los primeros días fueron especialmente duros. “En mi trabajo querían enviarme flores, pero les pedí que no lo hicieran. Las primeras 72 horas son decisivas; no sabes si tus hijos van a sobrevivir”. Los gemelos permanecieron cuatro meses ingresados en la Unidad de Neonatología del Hospital Universitario La Paz, en Madrid. Allí, cada jornada supone un desafío, explica Adelina Pellicer, jefa del servicio: “Un recién nacido prematuro no viene del hogar. Lo recibes, lo colocas en la incubadora y te despides de los padres. Es una situación distópica. Lo natural es que la familia esté con su hijo”.
La unidad está diseñada para proteger el desarrollo del recién nacido. Luz tenue, silencio y un ambiente que reproduce el interior del vientre materno. “El cerebro de un bebé de 24 semanas es completamente liso. Aquí dentro crece, se pliega y termina de formarse”, señala Pellicer. “Por eso debemos evitar ruidos, luces o cualquier estímulo agresivo”.
Los cuidados son auténticos trabajos de precisión: pañales diminutos, tubos muy finos, dispositivos en miniatura. Todo requiere exactitud y delicadeza. “A veces ni siquiera existen herramientas lo suficientemente pequeñas para nuestros pacientes”, reconoce la doctora. Y recalca: “Hay que hacerlo con vocación, pero también es necesario invertir recursos. Esto no es barato”.
En La Paz, los padres son parte activa del cuidado gracias al programa FI CARE, que les enseña a realizar tareas especializadas: cambiar pañales, limpiar, administrar medicación oral o manejar sistemas de ventilación. “Gracias al programa entendemos lo que ocurre —explica Susana—. Sabemos cuándo una alarma es seria o cuándo no, y eso nos da calma. Te ayuda a disfrutar incluso en un momento tan complicado”.
Pellicer añade que el conocimiento es terapéutico: “Si los padres comprenden la situación, estarán más tranquilos. Participan en todo el proceso y dejan de sentirlo como algo ajeno”.
Esta era también la principal reivindicación de APREM, la primera asociación de familias con niños prematuros en España. “Cuando mis hijos nacieron, en 1999, solo tenía una hora para entrar. No te sientes madre o padre hasta que tienes a tu bebé piel con piel. Por eso pedimos ser los cuidadores principales”. Afirman que sin el apoyo del hospital es imposible. Requieren formación que, además, llevarán consigo a casa. Para Susana, esa preparación le dio seguridad, pero no bastaba: “Quería llevarme las pantallas a casa”.
Samuel y Lucas pudieron por fin irse al hogar cuatro meses después. “No les ves realmente la cara hasta el alta”, confiesa su madre.
APREM también demanda atención temprana desde el primer día: “Ofrecer una intervención adecuada no supone un gasto tan grande como asumir las consecuencias de una dependencia futura”. Estos niños deben aprender a reconocer sonidos, fijar la mirada y avanzar en habilidades básicas.
Samuel y Lucas, un año y medio más tarde, continúan ese camino. Nos despedimos de ellos entre risas y llantos. Susana sonríe: “Ahora sí lloran”.
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Una publicación compartida por Dra. Verónica Jara R. (@draveronica.jara)
Escrito por Veronica Gómez
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