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Solo queda una fotografía de Catalina, y no es la que su familia habría querido conservar. Es la imagen de su cráneo atravesado por una bala, la huella visible del disparo que acabó con su vida. Tenía 37 años, cuatro hijos —uno de apenas 11 meses—, y un carácter fuerte y decidido. Medía 1,54 metros, calzaba el 36, y tenía un rasgo inconfundible: las paletas separadas, un diastema que hoy reconocen en los rostros de sus nietas.

Cuando fue asesinada, Catalina llevaba consigo el sonajero de su bebé. Años después, durante la exhumación de sus restos, aquel pequeño objeto volvió a aparecer entre la tierra. Un símbolo de amor, de maternidad y de una vida arrebatada por la violencia.
“Al llevar a mi padre en brazos y estar en la calle, se metería el sonajero en el delantal. Como la cogieron allí, no pudo dejar nada”, cuenta Martina, su nieta, en declaraciones a TVE.
Catalina fue enterrada en una fosa común bajo el actual parque infantil de Carcavilla, en Palencia. Un lugar que durante décadas ocultó los restos de mujeres y hombres fusilados durante la Guerra Civil. Debajo del tobogán, la tierra guardaba la historia silenciada de una madre que solo pedía seguir viviendo por sus hijos.
Años después, Martina recibió una visita que la dejó sin palabras: la hija de uno de los verdugos de su abuela llamó a su puerta.
“Me quedé perpleja de cómo tuvo la valentía de venir a pedir perdón cuando ella no tuvo nada que ver”, recuerda con emoción.
El historiador Pablo García Colmenares explica que Catalina fue una de tantas mujeres a las que la propaganda franquista acusó de “abandonar sus tareas familiares por la política”. Sin embargo, su historia demuestra lo contrario: una madre activa, crítica y comprometida, capaz de combinar la lucha social con el amor por sus hijos.
Lucía, la hija mayor de Catalina, tenía solo 11 años cuando perdió a su madre. Creció trabajando como sirvienta en casas de algunos de los responsables de su muerte. Nunca superó la pérdida.
“Se murió hace tres años, con 94, acordándose de su madre”, relatan sus hijas Josefa y Raquel, nietas de Catalina.
A partir de la fotografía del cráneo y de imágenes familiares, el antropólogo Fernando Serrulla y la artista Alba Sanín reconstruyeron el rostro de Catalina.
“Sí que nos parecemos”, dice Martina al observar el retrato. En sus facciones, en esas paletas separadas, revive la memoria de su abuela.
Catalina fue una de las muchas víctimas cuya historia quedó enterrada durante décadas. Hoy, gracias a las exhumaciones y a la labor de sus descendientes, la tierra ha devuelto su memoria. Catalina descansa por fin en su pueblo, Cevico de la Torre, acompañada del sonajero que una vez sostuvo su hijo.
@juliocesar_fabrasanchezEl sonajero de Catalina♬ sonido original – Julio César Fabra
Escrito por Veronica Gómez
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